La frase aún vibra en mi pecho, como una nota sostenida que no quiere apagarse.
Ayer, en la jornada de biorritmos del Método Cronos, algo cambió para siempre. Podría decir que fue un evento, pero sería injusto. Fue más bien… un umbral. Un lugar de cruce.
Porque ayer, el método que un día nació —casi tímido, casi sin saber que era método— cerró por fin la puerta a una influencia antigua: ese tirón sutil, casi magnético, que la Luna ejerce sobre todo lo que ha sido gestado desde el inconsciente. Ayer, ese lazo se disolvió. Como si al fin se hubiera descorchado una botella donde llevaba años guardado un mensaje.
Hay una película que siempre uso para explicar este momento en el que estás —ese instante exacto en el que algo dentro de ti dice: “hasta aquí”—.
El show de Truman.
La primera vez que la vi, casi me caigo del asiento. Era como mirar un espejo que nadie me había avisado que estaba ahí. Ese instante en el que Truman toca el límite del decorado… y descubre que el cielo era un muro. Ese paso del ecuador. Ese romper la maqueta. Ese darte cuenta de que mucho de lo que creías tuyo… ni siquiera lo habías elegido tú.
Y cuando lo ves, ya no puedes “desverlo”.
Es como si la película susurrara: mira más allá de la idea de dios que heredaste, mira qué hay detrás, quién la construyó, con qué miedo, con qué necesidad.
A mí me costó años.
No te compliques, me decía la vida.
No te quejes, aprende.
No te enojes, sonríe.
Pero yo tardé tanto, tanto, en poder encarnarlo en el día a día…
Por eso lo que ocurrió ayer fue especial.
El 9 de febrero de 2013 —lo recuerdo con nitidez—, liberamos el corazón de todos los presentes de las influencias del pasado. Lo hicimos juntos. Y fue para siempre.
O al menos… para todo el tiempo que dura un corazón cuando decide despertar.
Ahora nos acercamos a la primavera.
Y la primavera siempre llega con un fuego suave, renovador, insistente.
Ese fuego que te susurra: respira… abre espacio… algo nuevo quiere entrar.
Respirar. Parece simple, ¿verdad?
Beber agua, ir al baño, tener sexo satisfactorio. Sí, todo eso nutre.
Pero respirar…
Respirar te limpia por dentro. Te afloja. Te devuelve a ti.
Porque cuando algo no te gusta, cuando algo no te cuadra, ¿qué es lo primero que se frena? Exacto. Tu respiración.
Por eso, si te sientas en silencio solo a escuchar cómo respiras, lo primero que aparece no es el aire… sino aquello que te pesa.
Nombres.
Frases.
Personas.
Pendientes que dejaste olvidados en algún rincón de ti.
Y es ahí donde nace la ansiedad: en ese exceso de impresiones negativas que no has podido digerir.
Como si el día no cupiera en un solo día.
Cuando llega la noche, la mente empieza a pasar revista…
y si las experiencias no están cerradas… el sueño no llega.
El insomnio no es insomnio.
Es un libro abierto lleno de cuentas pendientes.
En febrero, la conciencia empieza a mirar hacia delante. Hacia la luz tibia de la primavera. Hacia lo que viene.
Si no puedes mirar con alegría es porque hay demasiadas huellas del pasado tirando de tu ropa, diciendo “espera”, diciendo “repite”, diciendo “no olvides lo que dolió”.
A veces creemos que los miedos son nuestros, pero no.
Muchos son memoria heredada: ecos del “yo pasé por ahí y me fue mal”, “me dolió”, “me hicieron daño”.
Como si dentro llevaras un archivo lleno de advertencias antiguas.
Por eso, ahora te invito a hacer algo sencillo y sagrado:
contemplar quién eres y quiénes fueron tus ancestros.
Mirar tu plantilla familiar, tus raíces, tus luces y tus sombras.
Preguntarte qué legado vas a dejar tú cuando formes parte de esa historia.
¿A quién admiras en tu familia?
¿Quién representa para ti un ejemplo de salud, de amor, de trabajo, de vida?
Respira con esas preguntas.
Déjalas entrar.
Porque la primavera está llegando…
y tú, igual que la tierra, también te estás preparando para florecer.
