Imagina esto con una respiración lenta al inicio…
Un silencio cálido…
Y luego, la voz.
Hubo un tiempo —parece ya de otra vida— en el que todo lo
que creía firme empezó a temblar bajo mis pies. Una crisis. Una de esas que
llega sin pedir permiso, que empuja, que desordena, que obliga a mirar adentro.
En medio de ese caos, alguien me miró a los ojos y me lanzó una pregunta que me
atravesó como un relámpago silencioso:
“¿Tienes fe para soportar lo que te está pasando?”
Yo me quedé quieta.
Ni sí, ni no.
Solo una media sonrisa triste, como quien intenta protegerse del frío.
¿Fe? ¿Qué era exactamente la Fe? ¿Dónde se supone que se encuentra?
Esa pregunta, sin que lo supiera entonces, abrió una grieta.
Y por esa grieta entró la búsqueda.
Una búsqueda que me llevó a lugares que ni siquiera sabía
que existían:
a lo más etéreo de la mente,
a lo más denso del cuerpo,
a los rincones donde guardamos la memoria y también el cansancio.
Y mientras caminaba por dentro, descubrí algo inesperado:
La Fe no estaba escondida en algún cielo lejano ni en una idea perfecta.
No vivía en las alturas.
Vivía en mí.
En mis experiencias, en mi historia, en las cosas que me habían sostenido sin
que yo lo notara.
Y entendí —más como un susurro que como una certeza— que no hay Fe posible si
te desconectas de tu propio cuerpo, de tus ritmos, de tus necesidades más
simples: descansar, alimentarte, respirar en un entorno que te cuide.
La Fe, me di cuenta, es esa chispa que se enciende cuando
tratas con cariño tu propia vida.
Y el cuerpo… el cuerpo es la madera que la mantiene encendida.
Cuando esa llama volvió después de años apagada, algo más
empezó a reclamar su sitio:
la Esperanza.
La reconocí como quien reconoce una voz familiar en medio de una multitud.
Esta vez no tuve que buscar demasiado.
La Esperanza se reveló sola, como si la luz de la Fe la hubiera dejado ver.
Descubrí que estaba en la gente que trabaja cada día sin
aspavientos, sin discursos, sin pancartas:
en quienes ponen lo mejor de sí, aunque nadie los aplauda.
Ahí estaba.
En el ejemplo silencioso.
En el acto cotidiano de hacer las cosas bien.
Porque dar ejemplo… es dar esperanza.
Y entendí también que el trabajo bien hecho dignifica,
que el dinero ganado con integridad tiene un peso distinto,
que sostiene el alma de una manera que nada más puede hacerlo.
Entonces, cuando Fe y Esperanza ya habían encontrado su
lugar en mi vida, apareció la tercera hermana:
la Caridad.
Aunque, para ser sincera, no llegó suave.
Llegó como una pregunta obsesiva, una especie de eco que se repetía:
“¿Qué es realmente la Caridad?”
No la caridad que se enuncia, no la que se presume… sino la verdadera.
Pasé mucho tiempo orbitando alrededor de ese misterio.
Me acerqué, me alejé, me quemé un poco.
Hasta que, un día, la comprensión cayó de golpe —como un amanecer que entra sin
tocar la puerta—:
La Caridad era esto:
Actuar desde la Fe y desde la Esperanza.
Cada día.
En lo pequeño.
En lo invisible.
La Caridad no era un acto.
Era un estado.
Una manera de habitar la vida.
Y entonces lo vi claro:
Caridad, Amor… llámalo como quieras.
Es la esencia silenciosa de lo humano.
No algo que debamos buscar fuera,
sino un nivel de conciencia al que llegamos
cuando atravesamos esas crisis que nos obligan a reinventarnos,
a mirar más profundo,
a vivir de otra manera.
Porque, al final, esas crisis no llegan para destruirnos.
Llegan para que podamos amar —y amarnos— con más verdad.
